Predicando al coro
¿En búsqueda de un riff coral? En la iglesia de su elección
encontrará algunos buenos hombres –y mujeres– haciendo
un sonido agradable, gratis.
Por Chris Slattery,
redactor del staff
The Gazette
20 de diciembre de 2001
Si las Páginas Amarillas sirven de guía, Montgomery County
tiene más de mil iglesias. De esto se deriva que en un domingo
cualquiera hay por lo menos mil coros, grandes o chicos, cantando glorias
y dirigiendo a sus congregaciones en la plegaria. ¿Qué motiva
a centenares de amateurs talentosos, sin mencionar a los músicos
profesionales que en su día libre se dedican a hacer lo mismo que
en los laborales, a ofrecer horas y horas semanales para aprender letras
y melodías, a ensayar por cuenta propia o con sus colegas coristas,
y a presentarse en una casa santa donde ni siquiera esperan ser aplaudidos?
“Lo hago porque amo a Dios”, dice Michael Gayle.
Su padre era un músico profesional y su madre una música
de iglesia. Gayle, director musical de la Iglesia Unida de Cristo de Germantown,
en Seneca Valley, se dedica a ambas cosas.
“Dios tiene un mensaje a compartir con la gente”, agrega.
“Con mi música me convierto en su mensajero.”
Como todos los mensajeros, Gayle, quien vive con su esposa y sus dos hijas
en Montgomery Village, debe recorrer una horrible cantidad de millas en
poco tiempo. Tiene un ensayo de una hora y media cada jueves, durante
todo el año, y también cada martes al acercarse las fiestas.
Los servicios del domingo son precedidos por un calentamiento de media
hora. Y a esto se suma toda la planificación y estimulación
que el líder de la banda debe procurar a sus coristas.
“Es una enorme cantidad de trabajo”, admite, “pero cuando
me levanto a la mañana no digo ‘¡oh, tengo que trabajar!’”
“Es apasionante, en un buen sentido. Es el mejor trabajo.”
La posición de Gayle en la iglesia es, como para la mayoría
de los directores, un trabajo pago de medio día. Pasa la mayor
parte de su tiempo en la Escuela Episcopal St. Andrews en Potomac, donde
se desempeña como director de orquesta, toca el piano –mucho
jazz– y enseña. Su formación es perfectamente adecuada
para dirigir un coro, ya que estudió tanto religión como
música en Andrews University, una escuela adventista del Septimo
Día. Ha viajado y hasta vivió en Corea por un tiempo, enseñando
inglés y presentándose en vivo, aunque en el último
tiempo volvió al área de Gaithersburg para criar a sus hijos
y echar raíces en la comunidad.
Ya es un hecho que esas raíces se han extendido a la iglesia. Hace
cuatro años que está a cargo del coro.
“Es un coro pequeño, pero en crecimiento”, dice. “Sé
que a todos nos encanta lo que hacemos.”
Se ríe. “Animaría a cualquiera a unirse a nosotros,
a cualquiera que disfrute cantar bajo la ducha.”
Deberán ser largas duchas, sin embargo, para cantar lo suficiente
y contentar a Gayle. Dice que los miembros de su coro pasan, idealmente,
una media hora diaria trabajando en su música –potencialmente
cinco horas por semana si sumamos los ensayos, el servicio y el calentamiento–.
Un gran compromiso, aunque Gayle se apresura a señalar las recompensas
de una dedicación tal.
“Da una sensación de pertenencia, un modo significativo de
contribuir a algo más grande que nosotros mismos”, explica.
“El coro es algo distinto, una oportunidad para socializar y compartir
nuestras vidas. Y, con suerte, un modo de dar placer a las vidas de la
gente, inspirándolos a vivir con alegría.”
Tradición coral
Este tipo de sentimiento existe desde hace miles de años. Las reuniones
religiosas siempre han buscado incorporar la alegría –o el
agradecimiento, o las peticiones, o las alabanzas– a los servicios
ofrecidos a la congregación. Las civilizaciones antiguas avanzaron
muchas de las innovaciones que los coros usan hoy en día: los salmos
efusivos de los reyes hebreos, el canto omnisciente del coro griego, la
participación entusiasta de los celtas. Tal vez sea el canto gregoriano
el modo de participación religiosa más conocido, música
de iglesia con un texto en latín que se volvió autónomo
hacia la época de Carlomagno en los siglos VIII y IX. Antes de
eso no había sido inventado todavía ningún sistema
de escritura musical en Occidente, y la música de rezo, como cualquier
otra, debía ser transmitida oralmente. Carlomagno, en su gesta
para convertirse en la cabeza del Sacro Imperio Romano, decidió
que la música de iglesia de su reino franco (hoy Francia, Suiza
y Alemania) debería ser cantada como en la misma Roma. Así,
hizo adaptar los textos litúrgicos al repertorio de canto romano,
y lo nombró de acuerdo a un papa muy popular de aquella época.
Sin embargo, la música de iglesia evolucionó mezclándose
con influencias de todo el mundo. La era clásica contribuyó
con gran peso a definir lo que los coros cantan hoy, lo hagan en la nave
de la iglesia o sobre el escenario. Al principio de su carrera en el temprano
setecientos, Johann Sebastian Bach se dedicó prioritariamente a
componer música de iglesia, que incluye cuatro o cinco ciclos de
cantatas, el Magnificat y las Pasiones de San Juan y San Mateo. Handel
estrenó su “Mesías” en 1741, tomando temas del
Viejo y Nuevo Testamento para crear una de las piezas clásicas
de alabanza más conocidas. El “Réquiem Alemán”
de Brahms es una declaración de fe profundamente sentida, creada
para instrumentos y voz a fines del siglo diecinueve, y Mozart, generalmente
compositor de música secular, dejó inacabada una misteriosa
pieza de música religiosa, el “Réquiem”, cuando
murió en 1791.
Jim Buras sabe todo esto. Después de todo, ha sido profesor de
música en las Escuelas Públicas de Montgomery County durante
21 años.
Sólo que en su iglesia, San Lucas Luterano en Derwood, la música
tiende hacia lo contemporáneo, y en esa dirección se ha
movido durante los últimos 14 años.
“Cuando yo llegué era muy tradicional”, dice, explicando
que los luteranos generalmente siguen un repertorio formal, aunque permiten
a los coros tomarse algunas libertades en el ciclo religioso anual.
“Tomamos estas ideas básicas y las adaptamos a nuestro estilo
contemporáneo”, dice Buras. “En vez de un órgano,
tenemos a una banda. Eso fue un proceso gradual.”
Cuando llegó a St. Luke’s, dice Buras, había un grupo
folk de dos guitarras, y luego otros instrumentos más contemporáneos
comenzaron a equilibrar un poco las cosas. Buras dice que los coros más
tradicionales se quedan con el piano, y que los más modernos usan
guitarras –aunque por regla general son guitarras dulces y templadas–.
“El solo básico de rock es un poco auto-expresivo”,
sonríe Buras, mostrando el sentido del humor que lo vuelve un favorito
de los estudiantes de la Escuela Elemental de Laytonsville. “No
hay mucho lugar para instrumentos llamativos. Básicamente el combo
es una guitarra, un teclado para imitar cuerdas y cubrir el fondo, un
bajo y tal vez batería o un sintetizador.”
“Habitualmente en este combo uno tendría un instrumento líder
–una flauta, seguida de un saxo–, pero un saxo a lo Kenny
G, ¡no uno aullante como el de Clarence Clemons!”
A pesar de sus fáciles referencias a la cultura popular, Buras
fue criado en la iglesia, asistiendo a la Escuela Luterana del Calvario,
en Silver Spring, hasta sexto grado.
“No puedo recordarme sin estar cantando en el coro de los niños”,
dice. Luego se graduó en música en la Universidad Católica
y completó una maestría y otros 30 créditos a través
de una pasantía en el Condado de Montgomery.
A lo largo de todo ese aprendizaje, dice Buras, enseñó a
cantar. Y en St. Luke’s él y el Dr. Gary Hill son los únicos
músicos pagos del staff y los responsables de dirigir a los voluntarios
durante el servicio que dura entre 45 y 60 minutos y que consiste en unas
seis u ocho piezas musicales. Una buena regla, a ojo, es practicar unas
cuatro veces más que el tiempo de duración de la música
elegida. Ellos practican todos los miércoles durante noventa minutos,
luego una hora más antes de los servicios “para ajustar todos
los arreglos”. Los instrumentistas deben practicar más que
los cantantes, agrega, y los calentamientos de quince minutos deben cubrir
únicamente el inicio de cada canción.
“La gente es más proclive a escuchar errores al inicio de
las canciones”, confiesa.
Como director musical, Buras tiene en cuenta varios factores, empezando
por la estación, el mensaje y el sermón. Señala que
no existe nada parecido a un “Napster de música religiosa”.
Los compositores y líricos deben recibir una compensación
por su trabajo, de modo que para tocar música legalmente en público
la iglesia debe comprar los libros y usar las canciones con derechos reservados
contenidas en esos libros. Él ama a su iglesia y se siente orgulloso
de su coro, aunque se apresura a destacar que una iglesia es siempre su
gente, no lo que él llama “las campanas y los silbatos”.
“No nos paramos allí para tocar”, exclama. “Exhortamos,
invitamos a la congregación a cantar con nosotros. No es como ir
a ver a una banda en un club. Hemos adaptado música teniendo en
mente al cantante medio, no queremos algo que sólo Charlotte Church
pueda cantar”.
Trascendiendo paredes
Ese sentido de exhortación de los otros a la exultación
es algo que Buras tiene en común con el Dr. Ramón Tasat.
Lo que no deja de ser interesante, teniendo en cuenta que Buras es católico
y Tasat judío.
“En el Judaísmo la música coral representa no tanto
una interpretación como una interacción entre el coro y
la congregación”, dice Tasat, el cantor y director musical
del Temple Shalom en Bethesda.
“Personalmente, me gusta ver al coro sentado junto a la congregación.
El coro reza con todos los demás, sólo elevan el estado
de ánimo y dan impulso al resto.”
Según Tasat un coro debería jugar un rol doble: comprometer
a la congregación y generar el estado de ánimo adecuado
para la plegaria y la contemplación. Y señala que mientras
otras religiones se deleitan con el sonido de la música, en este
caso el uso de plegarias en otro idioma, el hebreo, implica que en un
servicio judío la música debe servir al texto.
“En algunas tradiciones la música es soberana, no así
las palabras”, dice, citando el glorioso sonido de Bach como ejemplo.
“En la comunidad judía el uso de textos en hebreo contiene,
alrededor de todo el mundo, un valor emocional e histórico que
no debería descartarse. Trasciende muros.”
Originario de Argentina, Tasat es un conferencista y un autor (“Sephardic
songs for all”), además de presentarse como artista en vivo
y grabar discos. Acaba de terminar un CD de música litúrgica
para congregaciones judías llamado “Your Bountiful Light”.
Su música cubre un amplio espectro, desde melodías sefardíes
y ladinas, canciones tradicionales israelíes, piezas italianas
clásicas y canciones para fiestas y feriados judíos. Su
experiencia agrega una perspectiva musical mundial a su obra en el Temple
Shalom.
“Las emociones son internacionales”, dice. “Por eso
la música es tan poderosa, no tiene límites.”
Algunas confesiones tampoco los tienen, como en el caso de la Iglesia
Unitaria Universalista, que incorpora tradiciones de todas las religiones
a la suya propia. “La Unitaria Universalista es una iglesia aconfesional
que recibe a gente de todos los orígenes religiosos”, explica
Amy Anderson, de Germantown, a mitad del ensayo con otros doce miembros
del coro un lunes por la mañana, mientras su hijo Zac juega y corre
feliz a medida que los adultos comienzan revisar sus armonías,
preparándose para un concierto.
“Abre los horizontes: podemos cantar música clásica,
pop, canciones religiosas. No estamos atados a ‘Noche de paz’
en vísperas de Navidad, y podemos cantar también música
religiosa.”
Aunque sí cantarán “Noche de paz” en la víspera
de Navidad, sopla otro miembro del coro. “Hacemos una excelente
‘Noche de paz.’”
La Iglesia Unitaria Universalista de Rockville tiene 35 miembros en su
coro, que canta bajo el ojo atento y el oído agudo de su directora
musical, la Dra. Myra Tate. Tate es una dama de cabellos grises, de semblante
agraciado y calma confianza, y un esencial puño de hierro en guante
de terciopelo cuando se trata de mantener el coro a raya. Y es por esto
que la adoran.
“Estoy aquí porque Myra es la directora que es”, dice
la pianista Mary Gotlieb. “Ella hace que sea excitante para todo
el mundo.”
No es poca cosa, teniendo en cuenta que este particular ‘todo el
mundo’ incluye a un administrador jubilado, un físico del
NIST jubilado, un ingeniero aeroespacial, un pediatra, un escritor, una
ama de casa, una madre y más.
“Tenemos físicos, doctores, estadísticos”, dice
Tate. “Hacemos un ensayo de dos horas y una clase de voz de media
hora. Cada vez más gente viene a esa parte, lo que me da un inmenso
placer.”
Aquí la política no es completamente abierta, pero el coro
–y su directora– harán todo lo posible para incorporar
a quien tenga un mínimo interés en el canto. A menudo eso
incluye aceptar a los que tienen vocación pero no el rango vocal
necesario para cantar.
“Tengo una clase llamada ‘Cante lo mejor que pueda’”,
dice Tate, profesora de música profesional que da lecciones en
su casa-estudio de Kensington. “Mucha gente llegó al coro
desde allí. Si la gente está dispuesta a trabajar conmigo,
yo los llevo hasta ese punto.”
Stephanie Kreps de Gaithersburg estaba ya “en ese punto” cuando
se incorporó. Kreps dice que creció como luterana, cantando
en coros.
“Realmente quería unirme a este coro”, dice. “Sonaban
fabulosos, y parecían estar divirtiéndose.”
“Cuando Myra nos deja, nos divertimos”, bromea Rita Fleisher
de Rockville. Todo el grupo ríe.
“Nuestros ensayos pueden ser tan inspiradores como cualquier presentación”,
agrega Fleisher ya un poco más seria. Pero la opinión general
es que se divierten bastante. Y que aprenden bastante. Es, según
dicen, una iglesia muy musical, con este coro sumado a uno de niños
y a un cuarteto masculino.
Betty Prestemon de Rockville, un miembro fundador de la iglesia, canta
en la UUCR desde hace 42 años.
“Soy el miembro viviente más anciano del coro”, dice.
“Siempre sé dónde estaré el jueves por la noche.”
Todos los jueves a la noche durante 42 años –y todos los
domingos, también–.
Todas las semanas en esta simple habitación blanca, con arte en
las paredes y un gran piano negro resplandeciente. O junto al coro en
una iglesia católica, o en los primeros bancos de una iglesia baptista,
o sobre un escenario en el auditorio principal de una gran iglesia aconfesional.
En las mil iglesias de Montgomery County, y también en sus templos,
sus voces flotan en armonía hacia el cielo. Cantan y ríen,
compartiendo buena voluntad y buenos momentos. Son las voces del coro,
cantadas y todavía por cantar. Cuando usted los vea el domingo
es posible que desee decirles: “Bien hecho. Gracias.”
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