La música sefardí hoy. Una perspectiva artística
Por el Hazzan Dr. Ramón Tasat
Semana Sepharad: The Lectures. Studies on Sephardic Jewry (edit.
by M. Mitchell Serels) publicado por Jacob E. Safra Institute for Sephardic
Studies, Yeshiva University, New York City, 2001
Introducción
El año 1992 marcó el quinto centenario de la expulsión
del pueblo judío de España. El mundo entero rindió
tributo a los Sefaradim (en hebreo, los judíos de origen
hispánico), esos trotamundos silenciosos que, expulsados de su
tierra, abrazaron intensamente su herencia cultural a pesar de las circunstancias
adversas cayeron sobre ellos a lo largo del camino. Las conmemoraciones
de 1992 dieron el puntapié inicial a un despertar del interés
de la comunidad judía internacional en la cultura sefardí
y, de pronto, numerosos artistas de los Estados Unidos y del mundo comenzaron
a afirmar sus identidades a través de la música, el arte,
la danza, la literatura y otras actividades artísticas. Esto fue,
como veremos más adelante, un “resurgir imperfecto”,
abrazado por todos los sectores de la comunidad internacional.
Algunos aspectos de la música sefardí
Ubicación geográfica e histórica
La historia de los judíos de España es verdaderamente notable.
Su historia comenzó hacia mediados del siglo VII y continúa
hasta hoy. Sefarad, la amada España, cobijó a una
gran comunidad judía que vivió en paz con sus vecinos musulmanes
y cristianos durante más de mil años, hasta que en 1492
los monarcas españoles Isabel de Aragón y Fernando de Castilla
decretaron la expulsión del pueblo judío. Irónicamente,
a pesar de la circunstancia adversa del exilio, estos judíos siempre
recordaron su tierra de origen con amor.
Los Sefaradim se establecieron alrededor del mar Mediterráneo,
los Balcanes, el norte de África y algunas áreas del Imperio
Otomano. Durante cinco siglos sus descendientes mantuvieron su herencia
distintiva, absorbiendo algunas de las características de sus nuevos
lugares de residencia. La ubicación geográfica fue otro
factor decisivo en esta tendencia hacia la aculturación, de la
que surgieron dos grupos principales: los Sefaradim mediterráneos
orientales y los occidentales.
Características musicales
Según afirma Israel Katz en su libro Musical Legacy of the
Judeo-Spanish Romancero existen algunos componentes estilísticos
comunes a ambas tradiciones: 1) las canciones son entonadas monofónicamente
sin acompañamiento; 2) en general se trata de canciones en las
que prevalece la forma estrófica de cuatro líneas; 3) la
dinámica musical es bastante fija. En mi opinión, esta categorización
es válida también para la música religiosa. Entre
otras características comunes los dos grupos comparten melodías
flexibles y patrones rítmicos. Con algunas pocas excepciones, las
melodías son eminentemente vocales y de un rango melódico
corto. Una comparación entre ambas tradiciones muestra que las
melodías occidentales son mayormente modales, mientras las orientales
obedecen al sistema turco-árabe de modos musicales llamado “Maqqamat”.
La música de los Sefaradim orientales, asentados entre
los pueblos balcánicos (Turquía, Grecia, la antigua Yugoslavia,
etc.) resulta muchas veces extraña al oído occidental por
su alto grado de entonación microtonal, y porque despliega una
gran cantidad de embellecimientos vocales. Esto explica por qué
la comunidad occidental caracteriza generalmente al canto sefardí
(y oriental) como nasal o desafinado. Esa percepción se ve acentuada
por los ritmos impredecibles que no siguen una métrica regular
como la de la música occidental. Esto es válido también,
en menor medida, para la música de los Sefaradim mediterráneos
occidentales (norte de Marruecos, Ámsterdam, Livorno, etc.), que
asimilaron muchos de los atributos de la música occidental.
La música religiosa sefardí fue concebida para ser interpretada
a capella, esto es, sin acompañamiento instrumental. Para
los acontecimientos seculares sí se utilizaban ampliamente instrumentos
de percusión e incluso de cuerda (laúd, violín, mandolina,
etc.).
No es seguro que la música que identificamos con los judíos
sefardíes se haya originado en la península ibérica.
Dada la falta de fuentes musicales escritas anteriores al siglo XX, la
evolución de la música sefardí desde el medioevo
hasta los tiempos modernos no puede ser documentada. Con todo, el material
recogido por varios estudios históricos, literarios, musicales,
y por entrevistas personales, indica que la mayor parte de los textos
se basan en baladas españolas, y que la influencia de las culturas
musicales colindantes también fue bastante profunda.
“Una tarde de verano”, también llamada “Volviendo
de Casablanca”, es una adaptación de la balada española
medieval “Don Bueso y su hermana”. Existen muchas diferentes
versiones de este romance. La historia narra el afortunado reencuentro
de un joven español con una señorita encantadora, a quien
rescata del cautiverio moro. Cuando descubre que esta dama de la que se
había enamorado y deseado esposar no es otra que su hermana perdida,
su asombro no tiene límites. Esta melodía tiene características
típicas de la música española. La misma melodía
marroquí se aplica al poema litúrgico “Adon ‘Olam”.
“Una matica de ruda” es una adaptación judeoespañola
de la vieja balada española “Una guirnalda de rosas”.
Es una canción dramática que narra la angustia universal
de una madre al percibir el deseo de su hija de casarse con un gentil,
separándose así de la comunidad judía. En una versión
distinta de esta misma canción la madre dice a su hija “que
es mejor casarse con un hombre judío al que no se ama que con un
no-judío”, y concluye: “no t’echés a perdición”.
La batalla, de todos modos, parece estar ya perdida. Esta canción
es un ejemplo perfecto de los temas frecuentemente universales que tocan
las canciones ladinas.
La tradición oral fue el principal vehículo de diseminación
del repertorio judeoespañol. Este proceso contribuyó a generar
una gran diversidad de resultados y cambios dinámicos en los textos.
Por eso es que encontramos tantas versiones distintas de un mismo poema.
La canción turca “Avre este abajour” cuenta la historia
de un joven que intenta que su amada lo deje entrar, sin éxito.
Sintiéndose rechazado, la maldice de por vida. En una versión
distinta, de Cassaba, ella lo maldice a su vez diciendo: “En tus
brazos moriré, yaciendo sobre tu armadura. Expiraré mientras
te beso en cada mejilla”. En “Adío querida”,
una canción de amor moderna que se ha vuelto enormemente popular
entre los Sefaradim, la versión más conocida consiste
en un monólogo que narra la decepción de un hombre por su
amor no correspondido. Pocos saben, sin embargo, que en otra versión
de esta canción procedente de Sofía, Bulgaria, la mujer
responde amargamente: “Adiós, ya no eres mío, devuélveme
es anillo que me pertenece”.
Con frecuencia los contenidos de distintas estrofas no siguen el tema
principal del texto. Son más bien coplas tomadas de otras canciones.
Musicalmente, es interesante notar que la melodía del estribillo
de “Adío querida” imita la línea melódica
del aria “Addio! Del passato” del acto IV de La Traviata,
de Verdi. Hace poco, en la celebración de la “Semana Sefarad”,
señalé que los judíos sefardíes se hayan convencidos
de que Verdi “tomó prestada” esa maravillosa melodía
de nosotros, ¡los sefardíes!
El uso de contrafacta, un mecanismo que implica la adaptación
de un texto, tradicional o nuevo, a una melodía conocida, se volvió
muy común entre los Sefaradim sobre todo después
de su expulsión de la península ibérica. Un elemento
común de la música sefardí es entonces la asimilación
de melodías de fuentes seculares a la liturgia. La canción
“Hija mía”, por ejemplo, está llena de sarcasmo.
Se trata de un diálogo entre un padre y una hija en el que el padre
intenta casar a su hija, sin éxito. Su hija rechaza repetidamente
sus elecciones hasta que finalmente ella acepta la propuesta de un borracho.
Curiosamente, esta melodía turca se aplica algunas veces al poema
litúrgico “El Adon”, recitado durante el Sabbath.
“Dieciocho años tengo”, también llamada “El
enamorado de la plaza”, una canción ladina originada en Bulgaria,
es en primera instancia un relato juvenil sobre el primer amor. Un examen
más atento de una versión más larga indica que la
primera impresión está lejos de la verdad. La mujer de quien
el joven se había enamorado perdidamente resulta ser la misma que
había rechazado a su propio hermano. El héroe termina matándola
en venganza por haber ocasionado su suicidio.
Lenguaje y literatura
Las canciones judeoespañolas de fuente secular se cantan en ladino
o haketia, una variante marroquí del ladino. El ladino, o judeoespañol,
es la lengua escrita y hablada por los judíos de origen español.
Originalmente el ladino se escribía como la escritura Rashi, sin
vocales. Con el tiempo, sin embargo, la lengua evolucionó y se
ajustó al patrón de la sintaxis gramatical del español.
Esto explica, en parte, las disparidades de pronunciación existentes
entre las distintas comunidades sefardíes.
El ladino moderno refleja básicamente la fonética, morfología
y sintaxis del español de los siglos XIV y XV, aunque retiene algunas
características únicas (vedrolís, tenyozo, llavedura,
mancevico, para mencionar algunas). La mayor parte de las palabras de
origen no español vienen del hebreo (Sefarad, Haham, zemirot, etc.).
Algunas vienen también del turco (rakí, bakal, pará,
etc.). La lengua judeoespañola dejó de evolucionar poco
después de la partida de los sefardíes de España.
Los temas de las canciones varían. Hay romances, baladas tradicionales
de amor no correspondido, cuentos humorísticos, etc. Las variantes
paralitúrgicas son numerosas. “Coplas de Purim” es
corpus muy rico que celebra el milagro de Purim. Algunas estrofas
honran a la reina Esther y su tío Mordekhai, los héroes
que salvaron a los judíos persas de la destrucción en 473
a.C. Otras estrofas se ríen de Haman (el villano que intentó
exterminar a los judíos) y de los miembros de su familia.
Otro famoso texto ladino es “Bendigamos”, una versión
ladina del Bircat haMazon. La comunidad española-portuguesa
canta este texto con una melodía usada también para el “Shirat
haYam” (Éxodo, 15:1-18) y “Barukh haBa” (Salmo
118), entre otras.
Algunas canciones describen eventos del ciclo vital. “Como la rosa
en la güerta”, también llamada “La moribunda enamorada”,
es una de las endechas más famosas, una canción trágica
que describe conmovedoramente la emoción de un padre ante la muerte
de su hija. La melodía de esta canción mediterránea
oriental también se usa para la conmemoración de Tish’a
be Ab.
La inserción de un breve texto hebreo de la Biblia dentro de una
canción judeoespañola también es frecuente. Un ejemplo
de este fenómeno es la inclusión de fragmentos de los salmos
en la canción “Hi Torah Lanu Nitana”, originaria del
norte de Marruecos. Este Pyyut se canta en los festivales de
Simhat Torah y Shabu’ot durante el servicio de
la Torah. Resulta de lo más adecuado, dado que la canción
describe cómo los judíos recibieron la Torah y la compara
con una “novia amada”. Parte del estribillo textual fue tomado
en préstamo de la Canción de canciones 4:7. Otras metáforas
se tomaron de los salmos. Es interesante señalar que cuando este
poema es escrito en carateres hebreos forma un acróstico del alfabeto
hebreo.
Las canciones judeoespañolas continúan evolucionando hoy
en día. “Arvoles lloran por luvia” es una canción
de amor que se volvió muy popular en los Balcanes. De ella existe
una gran variedad de versiones. Sin embargo, su significado ha ido cambiando
a lo largo del tiempo. Lo que al principio era entendido únicamente
como un canto de amor entre un hombre y una mujer recibe ahora otra interpretación:
amor por España, la tierra madre. “Arvoles lloran por luvia”
se transformó más adelante, durante la Sho’a
y a través del Koro Saloniko (el Coro Salónico,
en ladino) en la canción “En tierras de Polonia”, una
canción de amor hacia la tierra de origen durante el cautiverio
en Auschwitz. “Torno y digo/ que va ser de mí, /en tierras
ajenas/ yo me vo morir.” En resumen, las canciones ladinas cubren
todas las peripecias de la existencia humana.
Prácticas religiosas sefardíes
Consideraciones generales
La uniformidad no es, de ningún modo, el criterio estándar
en lo que atañe a las costumbres religiosas sefardíes. La
tradición arquitectónica varía de un lugar a otro
y la unidad estilística es inexistente. Con todo, es posible identificar
algunas características sobresalientes. Hasta los tiempos modernos
era común que los judíos sefardíes rezaran en ámbitos
privados modificados para resultar adecuados para la plegaria. La estructura
interna de una sinagoga típica se centra en la Tebah,
redonda u oval, localizada en el centro de la habitación enfrentando
el Hekhal o Arca. Desde esa plataforma el Hazzan dirige la mayor
parte del servicio. Los congregantes se sientan enfrentados en círculo
alrededor de la Tebah.
Al asistir a un servicio religioso sefardí es posible observar
que las plegarias son dichas en voz alta en su integridad. Esta práctica,
justificada en la Edad Media cuando los libros eran escasos y había
pocos individuos capaces de recitar las plegarias de memoria, se ha vuelto
una marca de fábrica sefardí. A través de los siglos
los sefardíes han mantenido un gran celo por las reglas de pronunciación
(kamatz katan, sheva na’ or nakh, daguesh hazak or kal,
etc.) de nuestra lengua sacra. Los diptongos son minimizados y no se diferencia
la letra c por el sonido, con o sin dagesh. En general el énfasis
de las palabras hebreas cae en la última sílaba de cada
palabra (Toráh, berakháh, Haggadáh, etc.)
y responde a las acentuaciones indicadas por el Ta’ame haMikrah,
los Signos para la Lectura de los textos bíblicos.
El estuche sefardí del rollo de la Sefer Torah, los cinco
libros de Moisés, está hecho de madera, decorado en cuero
o metal, y se lo mantiene erguido sobre la mesa de lectura. Sus dos mitades
se abren como un libro para revelar el pergamino sagrado. Otras costumbres
únicas incluyen la de besar la Sefer Torah con los propios
labios (en oposición a besarla con la ayuda de un siddur o
con las manos) y la hermosa práctica de ponerse de pie cuando un
pariente es llamado a leer la Torah. Al final del Haftarah,
la lectura escrituraria de los Profetas, las palabras “Go’alenu
Adonai Tzeba’ot Shemo, kedosh Israel” (en hebreo, “nuestro
único salvador es Dios”) se agregan para proteger a los congregantes
de los falsos mesías cuyos mensajes los desviarían de las
enseñanzas bíblicas.
Canto litúrgico de las Sagradas Escrituras
Para el canto de los Salmos los judíos sefardíes emplean
una variedad de melodías basadas en la salmodia. Los acentos masoréticos
para Tehillim (en hebreo, los salmos) forman parte de una melodía
general que se alarga o se acorta para encajar en el largo de cada verso.
Para los versos más largos se usa un tono recitante precedido por
unas pocas notas que funcionan como una fórmula introductoria.
Cada verso se canta de acuerdo a un comienzo y un final melódico
preciso. La sección media se deja librada al talento improvisador
del lector. La salmodia responsorial y antifonal ha sido una práctica
común desde la antigüedad.
Los distintos elementos incorporados al canto de los textos sacros (la
gramática, la acentuación, la vocalización, etc.)
reflejan su contraparte Ashkenazi. Los símbolos gráficos
usados para la puntuación son idénticos. Sin embargo, la
música –tanto las células melódicas asociadas
a cada signo de canto como el fraseo musical general– es radicalmente
diferente y varía de comunidad en comunidad.
Literatura sagrada
A través de los siglos, y especialmente durante el XI y XII en
España, los paytanim (los músicos-poetas, en hebreo)
se encargaron de revitalizar la liturgia creando nuevos poemas y/o melodías
para estimular el amor popular por el canto. Las canciones de alabanza
a Dios y al Sabbath fueron escritas en hebreo, ladino, arameo y judío-árabe.
Los judíos sefardíes aman especialmente los poemas escritos
durante la Edad de Oro española por poetas del calibre de Yehuda
haLevi, Shelomoh ibn Gabirol y otros. Su poesía litúrgica
eliminó el lenguaje de las fuentes rabínicas y pujó
por expresarse en un hebreo bíblico bien claro. “Lekha Dodi”,
un himno litúrgico escrito por Rabbi Shelomoh Alkabetz en Safed,
toma prestada parte de su imaginería de la Canción de canciones
y de fuentes talmúdicas de Isaiah. Los Sefaradim agregan
una línea final: “Boi khala, Shabbat malketa”
(Ven, esposa mía, Reina del Sabbath).
Las formas poéticas y los asuntos fueron muy influenciados por
la cultura literaria árabe medieval, predominante en la península
ibérica. Aun así, las citas bíblicas y las alusiones
son una característica estilística también importante.
En “Shalom leBen Dodi”, cantada tradicionalmente en casamientos
y para la fiesta de Simhat Torah, encontramos todo el tiempo
el lenguaje de la Canción de canciones. “Shuvu laTora”
es un pyyut originado en Marruecos y cantado en Shabu’ot
y Simhat Torah durante el servicio de la Torah. Es una llamado
al arrepentimiento y un pedido a Dios para que no nos abandone. En la
segunda estrofa escuchamos: “Por qué el maestro egipcio/golpea
a un esclavo hebreo”, una referencia a Éxodo 2:11.
Durante el siglo XVI un grupo de distinguidos poetas del norte de Israel,
fuertemente enraizados en las enseñanzas místicas, contribuyeron
a enriquecer la liturgia con sus composiciones. Isaac Luria, Solomon Alkabetz
escribieron en hebreo y arameo. El pizmon “Yodukha Rayonai”
fue uno de los muchos compuestos por el reconocido cabalista Rabí
Israel Najara (1555-1628) y su melodía es un contrafacta de
la canción turca “Fel Sharah Canet Betet Masha”.
Algunos textos litúrgicos difieren un poco de sus contrapartes
Ashkenazis. Las versiones sefardíes de “Adon ‘Olam”,
un poema atribuido al Rabí Shelomoh ibn Gabirol (Málaga,
c. 1020-c. 1057), varían entre un largo de doce y dieciséis
líneas. La liturgia Ashkenazi estándar ha eliminado varias
y sólo conserva doce. En el caso de “Igdal”, un himno
compuesto por Daniel ben Yehuda de Roma en el siglo XIV, los Sefaradim
agregan una línea extra que termina exultante: “Estos
son los Trece Principios, son la base de la fe divina y de la Torah”.
Práctica interpretativa
Los judíos sefardíes no usan instrumentos durante los servicios
religiosos, haciendo de la música vocal la única opción.
La música impresa es escasa, ya que la mayor parte de se aprende
por tradición oral. Como sucede con la música secular, la
música monódica es en general la regla, y no se acostumbra
tener coros.
Los poemas litúrgicos usados a comienzo y fin de año tradicionalmente
se adaptan a distintas melodías. Entre ellos se cuentan “Lekha
Dodi”, “Adon ‘Olam”, “Igdal”, el
Kaddish que precede a Barekhu (la invocación a la
plegaria), la Keddusha (la Santificación), generalmente
presentada en una forma musical elaborada, abierta a la innovación
musical, y el servicio de Hallel (Salmos 117-118), cantado al
principio del nuevo mes y en las fiestas. Estos poemas reciben diferentes
tratamientos musicales dependiendo de la época del año.
La interpretación de contrafacta es menos frecuente durante
los eventos paralitúrgicos como Birkat haMazon (la acción
de gracias después de las comidas), Habdalah (la ceremonia
que concluye el Sabbath), la cena de Pesah y Berit Milah
(la ceremonia de la circuncisión).
Las melodías son en su integridad eminentemente participativas.
Las melodías litúrgicas cantadas en las sinagogas sefardíes
son musicalmente simples y repetitivas. En otras palabras, son altamente
accesibles para la congregación, que puede y quiere participar
durante el servicio. Los poemas litúrgicos más populares
son responsoriales con el Hazzan, el líder litúrgico, quien
canta las partes más elaboradas, a las que responde la congregación.
En el caso de “En keElohenu” algunas comunidades cantan cada
estrofa en hebreo seguida de su traducción ladina: “No hay
como nuestro Dió,/ no hay como nuestro Siñor,/ no hay como
nuestro Rey,/no hay como nuestro Salvador.”
La función más importante y básica del Hazzan consiste
en dirigir a la congregación en su plegaria. Más que a su
habilidad musical, la congregación presta atención a su
pronunciación precisa y a su profundo conocimiento de la gramática
hebrea. Un Hazzan exitoso es apreciado por su interpretación expresiva
de las plegarias y por su enunciación y articulación del
texto.
Conclusión
La cultura sefardí –y la música en particular–
ha experimentado un renacimiento de considerable magnitud. Es claro que
las costumbres y tradiciones sefardíes son todavía consideradas
“exóticas” por la mayor parte de la comunidad judía
Ashkenazi. En el centro la conciencia multicultural actual, los Sefaradim
han entrado en la conciencia judía norteamericana. Esta nueva realidad,
más inclusiva de la diversidad, ha tenido un gran impacto en las
artes performativas. Las comunidades judías del país y del
mundo ahora ofrecen programas de música y cultura sefardí.
Las escuelas han empezado a considerar a la comunidad judía sefardí
como una parte más de las unidades de estudio. En el nivel universitario,
muchos conferencistas e investigadores están redescubriendo la
música y la literatura sefardí. Este movimiento cultural
es un “resurgir imperfecto”. Si bien en los últimos
años se han grabado muchos discos sobre el tema, los intérpretes
verdaderamente reconocidos son pocos. Pocos Sefaradim promueven
su herencia. Varios intérpretes son en realidad Ashkenazis que
han copado la escena sefardí por su interés comercial, mientras
otros se sienten comprometidos con la sensibilidad sefardí y están
genuinamente interesados en promover su herencia. Los estudios intelectuales
del repertorio musical sefardí son con frecuencia ejercicios académicos
poco accesibles a un público amplio. Mi impresión es que
la música sefardí no es percibida como una tradición
viva sino como otro género exótico que pasará de
moda una vez que lo hayamos escuchado varias veces.
Originalmente, la música sefardí no fue pensada para salas
de conciertos, sino cultivada y disfrutada en el ámbito de la casa
y la sinagoga. Debido a su comercialización, hacer sobre el escenario
lo que haríamos con nuestras abuelas o nuestros tíos ya
no es posible. Para atraer a un público amplio hemos debido crear
un nuevo entorno. En mi caso, yo trato de ocuparme de este asunto. Para
hacer la música más atractiva para la audiencia, debo hacer
concesiones musicales, sobre todo al nivel de los arreglos, pero reteniendo
siempre la identidad de la música.
Muchos artistas comparten este dilema común: preservar la cultura
en su autenticidad o reformularla para hacerla más accesible. Algunos
grupos interpretan la música sefardí con un sabor renacentista,
otros crean una mezcla romántica de matices israelíes. Hay
ensambles que experimentan fusionando ritmos sefardíes con tonos
árabes y jazz moderno.
Cinco siglos después de la expulsión de los judíos
de la península ibérica, continuamos buscando nuestra identidad
colectiva. La evolución de nuestra música refleja esta búsqueda.
Avner Peretz, un poeta contemporáneo nacido en Jerusalem, dedicó
su poema “Siniza i fumo” a la memoria de los sesenta mil judíos
de Salonika, Grecia, que fueron masacrados por los Nazis durante la Sho’a.
Sentí una fuerte necesidad de componer música para este
poema, y el ritmo salpicado al principio de mi composición fue
pensado como una metáfora musical del humo y las cenizas que volaron
sin cesar desde los campos de exterminio. No sé si la música
sigue estrictamente los principios de la “música sefardí”.
Lo que sí sé es que es nuestra.
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